El viento soplaba entre los árboles desnudos, moviendo de cuando
en cuando la capa de hojas que alfombraba el suelo, convirtiéndola en un pequeño mar de colores ocres, confundiendo los
montoncillos con pequeñas olas. Una solitaria figura caminaba por el irregular sendero que hendía el corazón del bosque.
Su capucha se ondulaba fuertemente, apenas dejando ver unos mechones de
pelo grisáceo y unos ojos claros; la túnica oscura de la que partía
la capucha, también se agitaba bajo el cinturón negro que la ceñía,
golpeteando unos pantalones de tela gris que terminaban en unas botas
de caña alta. Los pasos del caminante se aceleraron cuando vislumbro el pequeño altar que había más adelante, en mitad
de un claro, en el centro del bosque, justo, donde terminaba el
camino.
Al
fin llegó a su destino. Sobre el altar había una moneda que giraba
encima de un plato, quizá impulsada por el viento que azotaba la
región. Cuanto más intentaba escudriñar cara y cruz
de la moneda, más rápido parecía girar esta. A los pies de la sencilla estructura de granito se hallaba sentado un anciano de
larga barba blanca, que, por extraño que pudiera parecer, permanecía
impasible, ajeno al viento que envolvía todo lo demás. El
caminante se arrodillo frente al anciano, y le preguntó:
-Dime tú, anciano
¿Sabes cómo detener la moneda que gira sobre ti?
El anciano abrió
los ojos, teñidos de blanco por completo, y sin dejar de mirar hacia
el frente, contestó:
-No soy yo el que
puede hacerla parar, si no tú. No es sobre mí sobre quien gira, si
no sobre tí.
El caminante,
sorprendido, siguió la conversación:
-Dime al menos si
has conseguido vislumbrar sus dos facetas.
-Yo las veo
constantemente, ora la cara, ora la cruz, y no hago si no lamentar el
haberlas visto, por que una vez detenida la moneda, nada puede
cambiar - fue la lacónica respuesta que obtuvo el caminante.
-Así pues, el
famoso enigma de esta moneda, conocido en todos los reinos ¿tiene su
solución?- Insistió en preguntar al anciano.
-Sí, tiene
solución. La respuesta está oculta de la mejor de las maneras: a la
vista de todo el mundo- el anciano esbozó una sonrisa- De esta forma, todo el mundo conoce la
respuesta, pero nadie se percata de ello.
-
¿Como puede ser esto posible? ¿Cuanto tiempo llevas aquí tú para
saber eso? ¿Cuán sabio eres para conocer estos misterios?
-Nada
es más real y lógico. En cuanto a mí, llegué contigo, no soy en
absoluto mejor que tú, aunque cada batir de la moneda me vuelva en
efecto más sabio. Sólo soy una parte de ti, así que todas las
preguntas que me refieres, en realidad, te las estas haciendo a ti
mismo.
-Si
eres parte de mí, entonces, supongo que podrás decirme si es cierto
que el enigma de la moneda es capaz de revelarte el futuro.
-Quizá, pero dime
¿y si te dijera que lo único que te depara el futuro es enfermedad?
¿y si fuera desesperación o desilusión?¿Que pasaría si fuera
dolor, rencor, odio...?
-Nada, no pasaría
nada, por que si ese es mi destino, así habría de aceptarlo.
-Entonces
te digo, lucharás por tú futuro, pero no lo alcanzarás plenamente;
combatirás las dificultades, pero sufrirás mil derrotas; habrá
alegría, pero el miedo la empañará; Y al final de este camino,
hallarás la muerte.
-No puede ser, tiene
que haber algo más...¿es tan sólo este el secreto de la moneda?
-Acércate
caminante, deja que te revele el secreto, pero, no des ni un paso si
no estás seguro de ser capaz de afrontar las consecuencias que ello
puede traer.
El
caminante se puso en pie y se acercó al anciano, justo al pie del
altar, con la moneda al alcance de su mano. El que permanecía
sentado, habló:
-Yo soy la
experiencia, aquella que sólo se adquiere cuando el destino ha sido
alcanzado, cuando el futuro se convierte en presente. Y esta moneda
no es si no el destino mismo, que gira y gira en tanto no ha sido
decidido.
El caminante miró
la moneda, y luego se dio la vuelta.
-Entonces
Anciano, somos uno, ahora entiendo. Combatiré al destino, por que
nada ha de estar predestinado; lucharé por vivir cada momento sin
obsesionarme por el siguiente, por que así el futuro será
plenamente alcanzado; no me amilanaré ante las derrotas, por que
cada una proporcionará las bases a las victorias que habrán de
seguir; y al final, no temeré al futuro. Así, mi alegría será
plena.
El anciano enfocó
su mirada vacía en el caminante, sonrió y a modo de despedida dijo:
-Marcha ahora, se
acerca el amanecer.