Me desespera el silencio que se
intuye en la esperanza vacía, esa a la que nos agarramos para decirnos a
nosotros mismos que todo está bien, que nada malo va a pasar, que todo es
temporal, que lo bueno está por llegar. Así, cegados por nuestra propia mano caminamos
en pos de un horizonte que nos elude constantemente. No importa cuál sea tu
verdad o tu realidad, siempre hay un más allá, un más, un mejor… un día que ha
de llegar, o quizá volver, o no retornar jamás. Pero unos no llegan, otros no
vuelven, y los últimos, se repiten constantemente.
Es un silencio autoimpuesto porque
no queremos escuchar a la realidad gritar desmintiendo lo anterior…
mostrándonos las cosas malas que pueden suceder, las que ya han sucedido, lo
finito de nuestro tiempo. Porque la vida es caos, una constante lucha por la
supervivencia ante la entropía en la que todos estamos inmersos, una batalla
que sólo cesará cuando la vida cese, pero que, en tanto, se repetirá una y otra
vez.
Digo que me desespera ese
silencio, pero se me da muy bien: callar, aguardar; soportar los golpes,
aguantar; cerrar los puños, rezar. Pero me cansa, me hastía, lo aborrezco. Tal
es mi animadversión, que llega un punto en que solo puedo levantarme, gritar,
luchar. La clave es no dejarse arrastrar, no dejarse engañar, despertar un
mañana y decir: ¡Basta ya! Y así, con ese grito, bajar la mirada del horizonte,
desterrar la esperanza de tu lado, despojar tu ser de toda falsa promesa,
caminar. Empezar a andar contra el viento, con la certeza de que sólo cuentas con
tu tiempo, tu esfuerzo y tu valor.
Sin embargo, a ti, no te lo puedo aplicar, porque si grito me harás callar, si lucho huirás y, si no hago nada, tu ausencia teminará por volverse cada día mas real. Asi que languidezco sabiendo lo que va a pasar: que te veré de nuevo marchar, sin aprecio por quien soy, detrozandome otra vez. Sé que no marcharás sola, te acompañará un "Lo siento", palabras que como cada vez, quedaran marcadas como solemne epitafio de lo que quizá ya no vuelva a suceder. Será entonces cuando de verdad, una vez lamidas mis heridas, me encomiende al tiempo que me queda, a mi esfuerzo y valor, para intername en el desierto, una vez más.