domingo, 15 de enero de 2017

NAVIDAD


"Decir lo he intentado, es asumir que no va a pasar". 

Mientras saboreo el aire frío de esta mañana brumosa le doy vueltas a esa idea. Miro con indiferencia las figuras que se intuyen en el camino que me lleva a la carretera a las afueras del pequeño pueblo en que vivo. Sonrío. De repente me ha hecho gracia comparar la falta de nitidez que presenta este paisaje con la que está presente en mi vida.

Sigo andando hasta llegar a la carretera, es pronto aún, además de un festivo señalado, por lo que no hay coches. Al otro lado me espera una gasolinera vieja que se intuye a través de la niebla. El cartel luminoso con el precio de los combustibles le da un aire fantasmagórico a la escena. Paso de largo, no es mi parada. Tras ella hay un camino entre dos muros de piedra que separan los terrenos de varias fincas. Al final del mismo encontraré el lago, a cuya superficie habrán acudido la miríada de aves engañadas por el invierno que como un amante desesperado, no quiere dejar partir al otoño, un otoño que a su vez, finjía ser primavera.

Y sin embargo no me decido a seguir la vereda, no aún. Parado junto a los bloques irregulares de piedra recubierta de musgo, observo el vaho en que se convierte el aliento al escapar de mi cuerpo. Y pienso: "Cuando era más joven era locuaz, desperdiciaba las palabras como desperdiciaba mi tiempo, sin percatarme del valor que ambos tienen. Se me escapaban ambos como se escapa el aliento de mi cuerpo en esta mañana fría. Ahora,  aunque me he atemperado, cuánto me queda por aprender".

Unas luces rasgan la cortina que nos envuelve, sacándome de mi estupor. Poco a poco la silueta de un coche se va tornando visible, hasta que al llegar a mi altura, vislumbro una figura conocida en su interior. Fuerzo la sonrisa y saludo amablemente al ganadero que acude a la labor matutina, pues su trabajo no conoce de festivos.

Reanudo la marcha mientras en mi cabeza sigue martilleando la fantasía que se me ofrece con el aroma cautivador que oculta el veneno  asfixiante que porta. Nada nuevo: Una historia de amor que puede ser confundido con mero deseo, detalle irrelevante por lo irrealizable del hecho, sea cual fuera su naturaleza.

Al llegar a la orilla del lago no puedo evita agacharme a recojer una piedra del suelo teñido de verde escarchado, contemplarla brevemente y despues arrojarla a lo desconocido, aguardando el sonido de chapoteo. Es agradable ver como  muchas acciones tienen consecuencias previsibles pese a que, como ahora sucede, no siempre se ve  el proceso que lleva al resultado final.

Sigo andando por la orilla mientras reflexiono sobre las certezas que hay en mi vida: mi esfuerzo, mis principios, y, revoloteando sobre ellos: mis errores de la mano de mis aciertos. Pero no siempre es suficiente, a veces hay que arriegar, confiar en el azar.  Si no eres muy dado a arriesgar como es mi caso, puede suceder que las cartas repartidas en varias manos consecutivas no sean muy favorables. Y es entonces cuando llega la frustración.

Allí de pie, recuerdo una de esas amistades que con el transcurso de los años se pierde entre las corrientes del tiempo. Era una de esas personas que creían en un mundo fantástico, poblado por criaturas emanadas de lo más profundo de la imaginación del hombre. Hace muchos años me habló de una de esos seres: la ninfa del río. Decían que su espiritu estaba atado a una de las piedras que se encontraba el río justo antes de desembocar en este lago. Él era de los que le pedían deseos a esos seres, lo que al final sólo era un reflejo de la impotencia que estaba presente en su vida, aunque de eso me percataría después.

Justo a mi espalda escucho unos pasos, y una voz melódica hiende el aire:

-Tu amigo, como tú, no puede aceptar que la vida es una marea, que si te empeñas en nadar contracorriente, de seguro te ahogarás.

Hay una figura a unos pasos, no llego a distinguirla bien.

-¿Perdóna?¿Quién eres?- le pregunto, mientras me maldigo por haber vuelto a pensar en voz alta.

-Algo que no puedes entender, ni tú, ni otros que han estado aquí antes de tí. Por ello me han llamado de muchas maneras.

Un escalofrío recorre mi cuerpo. No se porqué, pero hay algo en su voz que me invita a no cuestionar su presencia, ni sus palabras.

-Hoy en día pocos son los que me escuchan. Los que lo hacen, terminan por pensar que soy una fantasía fruto de un mal sueño. Hoy tú has decidido escucharme, aunque después no te dejarás guiar, pues es propio de vuestra naturaleza embestir ciegamente cuando hay que aguardar.

La niebla se torna aun más densa, desdibujando por completo el paisaje.

-El destino es una marea -insiste la figura- has de dirigir tu esfuerzo hacia aquello que ponga en tu camino, luchar por ello. Sin volver la vista, sin anhelar lo que la siguiente ola traerá, pués quizá sea esa la última, aquella que te arrastre al olvido. Acepta el presente, sin ansiar el futuro: bracea consciente de que cada movimiento puede ser el último, pero sin poner menos fuerza en ello por esto. Y así, en ese delicado equilibrio, encontrarás la paz que buscas, y sí, te lo digo ya, encontrarás aquello que tanto esfuerzo has puesto en buscar. No será lo que ahora deseas, será justo lo que debías encontrar.

Y mientras la última palabra forma un eco persistente en mi memoria, mis ojos se abren al despertar.
Es la mañana de navidad, fuera hay una fuerte helada, pero no hay niebla.  Qué ha sido esto? Un simple sueño quizá?

Me asomo a la ventana y veo el río desembocar en el lago. Mientras me percato que ya no hay agobio en mi, ni tampoco pesar, sonrío y casi por superstición, miró a una piedra particular, a la que desde la distancia le susurro:

-Feliz Navidad.