En una vieja estación suena el
silbato de un tren.
El tiempo se ha detenido:
saludos, despedidas; sonrisas, lágrimas; Miradas, cabezas gachas… todo
perfectamente congelado. Hay una luz tenue que se filtra por las altas
vidrieras, revelando haces como filos, hojas que hienden el polvo en
suspensión. De pronto se destaca una figura vestida con un abrigo rojo, los
labios pintados de carmín intenso, el pelo castaño ondulado y una sonrisa
abierta como media luna que engulle mi mirada. Un aroma embriagador inunda la
escena, mi corazón se acelera, sonrío sin saber bien qué decir. Tras un gesto
de cariño ella habla:
-No sabía si vendrías…- deja
morir la frase en el silencio del anden atestado, para luego retomarla- Será
temporal, volveré.
Prende un beso en mi mejilla, sube
al tren. Yo le digo adiós con la mirada y mi corazón se estremece. El vapor de
una chimenea envuelve el andén…Es sólo una vieja fotografía descolorida,
sostenida por una mano arrugada, junto a otra mano rugosa. Al alzar la mirada
veo su blanco pelo ondulado, la bata a juego y su sonrisa, que permanece
intacta. Al final mantuvo su palabra. En ese momento ella abre los ojos, como
si me leyera el pensamiento:
-
No tengas miedo, te esperaré en la
siguiente estación.
Mi corazón se estremece una vez
más, en un andén distinto, ante un tren diferente. Y te digo adiós con la
mirada.