En el silencio de un atardecer
apuró su copa. No era aquel un comienzo, ni un final, tan sólo otro día más en
la lenta monotonía que se abrazaba al hastío. Su mano hizo un gesto,
dispuesta a enterrarse en el fieltro de la chaqueta, pero en el último momento se detuvo, como el caballo al que su amo
tira de las riendas: No podía fumar en aquel pequeño cuartucho. Se levantó del
taburete con dificultad, como si su cuerpo fuera una máquina vieja, de las que vacilan antes de arrancar. Se encaminó con paso inseguro a la puerta
del local sin dirigirle una sola palabra al camarero. Salió al frío aire otoñal
cargado de hojas secas, sacó un paquete de cartón del bolsillo de su chaqueta,
mordió un cigarro y lo empujo fuera con un movimiento de cabeza. El aire le
importaba una mierda, pensó mientras aspiraba el humo al encenderse el pitillo. El atardecer le era ajeno; permanecía
indiferente ante sus colores hermosos, las nubes de formas exóticas teñidas por
la luz, el frío que presagia el cambio
de estación…
Echó andar calle arriba,
ignorando los comercios vacíos, las fachadas deslustradas, los carteles con
el rotulo “se alquila”; las caras duras, adustas, afiladas, astutas, todas
resbalaban por el individuo, como resbala el agua por los lados de un bajel al ser cortada
por la proa. Llegó a un portal amplio, con la puerta principal rota, desde
donde dos escaleras ascendían en sentidos opuestos, tomó una de ellas.
Con la
mano vacilante sacó una llave del bolsillo de su pantalón y tras varios intentos la introdujo en el
ojo de la cerradura . Al otro lado le saludó un fuerte olor
a cerrado: En el fregadero había una pila de platos y vasos sucios; El suelo de terrazo mostraba manchas
negras aquí y allá; los muebles tenían un aspecto
viejo, llenos de marcas dejadas por algún animal que había habitado allí hacía
tiempo. El individuo contempló una foto enmarcada que reposaba sobre el
recibidor. En la foto se veía una mujer joven con el largo pelo negro suelto, la cara iluminada
por una sonrisa, los brazos en jarras sobre las caderas. Sus ojos eran
brillantes, como la luz de un faro, como las música de una sirena, una sirena a
cuyo encalladero había acudido el barco de su vida para naufragar. La mano
volcó con furia el cuadro, arrojándolo al suelo, donde el cristal se rompió,
otra vez.
Sacó otro cigarro y lo encendió
con gesto osco, mientras la mano le temblaba de pura rabia. Se encaminó al
dormitorio, aferró un crucifijo y sus ojos se aguaron. No era religioso, quizá en su juventud
coqueteó con la religión, pero ahora ya no creía en nada. Aquel trozo de
metal era sólo el despojo que había dejado el último retazo de su familia que
había abandonado este mundo. La recordó, sola en un hospital, con la mirada
aterrada, prendida en las batas que la rodeaban, suplicante, inocente como un niño, suponiéndose en las mejores manos. Él
debería haber estado allí, pero no, tenía que trabajar, no podía... excusas, cómo
podía haber hecho aquello, cómo podía haberla dejado allí. La vorágine de sus
pensamientos giró en el habitual torbellino que amenazaba devorarlo. Soltó el crucifijo.
Encendió la televisión. Varios
señores trajeados discutían, todos parecían saber bien lo que había que hacer
para recomponer el país. Luego se escucharon las habituales declaraciones del
mentiroso de turno: El país estaba mejor que nunca, sólo había pequeños
escollos, sólo había algunos pocos que se habían quedado atrás. La mirada del que observaba aquellas palabras
se encendió, alternó la vista entre un trozo de cartón enmarcado y la
televisión. Agarró una botella que había sobre una mesita y la arrojó, fallando
por poco. La botella se hizo añicos contra la pared.
Luego la tristeza acudió a sus
costas, como la marea que sube, poco a poco, ola tras ola, lamiendo sus recuerdos,
arrastrando entre la espuma memorias de días mejores. Allí estaban sus sueños,
sus esperanzas, su fe en el mundo, en el mañana, aquel eterno mañana que jamás
llegó. Al final se quedó dormido.
¿Quién guardará su sueño?
¿Quién narrará la historia de la
tragedia que se alimenta a si misma?
¿Quién hablará por los perdedores?