sábado, 20 de septiembre de 2014

¿QUIEN HABLARÁ POR LOS PERDEDORES?

En el silencio de un atardecer apuró su copa. No era aquel un comienzo, ni un final, tan sólo otro día más en la lenta monotonía que se abrazaba al hastío. Su mano hizo un gesto, dispuesta  a enterrarse en el fieltro de la chaqueta, pero en el último momento se detuvo, como el caballo al que su amo tira de las riendas: No podía fumar en aquel pequeño cuartucho. Se levantó del taburete con dificultad, como si su cuerpo fuera una máquina vieja, de las que vacilan antes de arrancar. Se encaminó con paso inseguro a la puerta del local sin dirigirle una sola palabra al camarero. Salió al frío aire otoñal cargado de hojas secas, sacó un paquete de cartón del bolsillo de su chaqueta, mordió un cigarro y lo empujo fuera con un movimiento de cabeza. El aire le importaba una mierda, pensó mientras aspiraba el humo al encenderse el pitillo.  El atardecer le era ajeno; permanecía indiferente ante sus colores hermosos, las nubes de formas exóticas teñidas por la luz,  el frío que presagia el cambio de estación…

Echó andar calle arriba, ignorando los comercios vacíos, las fachadas deslustradas, los carteles con el rotulo “se alquila”; las caras duras, adustas, afiladas, astutas, todas resbalaban por el individuo, como resbala el  agua por los lados de un bajel al ser cortada por la proa. Llegó a un portal amplio, con la puerta principal rota, desde donde dos escaleras ascendían en sentidos opuestos, tomó una de ellas. 

Con la mano vacilante sacó una llave del bolsillo de su pantalón y tras varios intentos la introdujo en el ojo de la cerradura . Al otro lado le saludó un fuerte olor a cerrado: En el fregadero había una pila de platos y vasos sucios; El suelo de terrazo mostraba manchas negras aquí y allá; los muebles tenían un aspecto viejo, llenos de marcas dejadas por algún animal que había habitado allí hacía tiempo. El individuo contempló una foto enmarcada que reposaba sobre el recibidor. En la foto se veía una mujer joven con el  largo pelo negro suelto, la cara iluminada por una sonrisa, los brazos en jarras sobre las caderas. Sus ojos eran brillantes, como la luz de un faro, como las música de una sirena, una sirena a cuyo encalladero había acudido el barco de su vida para naufragar. La mano volcó con furia el cuadro, arrojándolo al suelo, donde el cristal se rompió, otra vez.

Sacó otro cigarro y lo encendió con gesto osco, mientras la mano le temblaba de pura rabia. Se encaminó al dormitorio, aferró un crucifijo y sus ojos se aguaron.  No era religioso, quizá en su juventud coqueteó con la religión, pero ahora ya no creía en nada. Aquel trozo de metal era sólo el despojo que había dejado el último retazo de su familia que había abandonado este mundo. La recordó, sola en un hospital, con la mirada aterrada, prendida en las batas que la rodeaban, suplicante, inocente como  un niño, suponiéndose en las mejores manos. Él debería haber estado allí, pero no, tenía que trabajar, no podía... excusas, cómo podía haber hecho aquello, cómo podía haberla dejado allí. La vorágine de sus pensamientos giró en el habitual torbellino que amenazaba devorarlo.  Soltó el crucifijo.

Encendió la televisión. Varios señores trajeados discutían, todos parecían saber bien lo que había que hacer para recomponer el país. Luego se escucharon las habituales declaraciones del mentiroso de turno: El país estaba mejor que nunca, sólo había pequeños escollos, sólo había algunos pocos que se habían quedado atrás.  La mirada del que observaba aquellas palabras se encendió, alternó la vista entre un trozo de cartón enmarcado y la televisión. Agarró una botella que había sobre una mesita y la arrojó, fallando por poco. La botella se hizo añicos contra la pared.

Luego la tristeza acudió a sus costas, como la marea que sube, poco a poco, ola tras ola, lamiendo sus recuerdos, arrastrando entre la espuma memorias de días mejores. Allí estaban sus sueños, sus esperanzas, su fe en el mundo, en el mañana, aquel eterno mañana que jamás llegó. Al final se quedó dormido.

¿Quién guardará su sueño?

¿Quién narrará la historia de la tragedia que se alimenta a si misma?


¿Quién hablará por los perdedores?