Oh mi corazón: Déjate de embates vacíos, relájate en la ausencia, no te vuelvas hacia el horizonte, ni otees el paisaje soleado ante ti. Sigamos por la senda conocida; camino de soñadores, bebedores de ilusiones y observadores incautos. Que tan sólo en la calma engañosa que encierra el ojo de la tormenta, podremos ser felices. No estires tus brazos, no intentes asir con tus manos otro tallo; ya tienes demasiadas cicatrices en tu rostro sereno. Deja que otros confundan tu calma con tristeza, tu sombra con oscuridad; ya vendrán a reposar bajo tus amplias alas cuando el sol los queme, ya verán la fuerza que emana de la templanza que arropa al que ya ha asumido.
Oh mi corazón: No te agites, no dudes, no ansíes. Sigue con tu rítmico caminar y deja que sea el camino el que salga a tu encuentro, pues ambos, tu y yo, ya nos cansamos de buscar. Te tentarán las vacías ilusiones que se encierran bajo rostros sonrientes, te sugerirán futuros que jamás existirán; Querrás volver a arriesgar, y de nuevo te equivocarás. Se que no me escucharás, que de nuevo huirás de este pequeño oasis que sin buscar, encontramos.
Por todo esto yo te lo ruego: No te alejes de mí, flotando entre vaporosas conjeturas; no quiero volver a recogerte del suelo, golpeado por tus errores y los míos. Ya asumí que esta estación seca durará aún, que quizá el desierto y sus bestias se derramen por este paisaje que nos rodea. Así pues, no te dejes engañar: no hay bien ni mal, tan solo un páramo azotado por el sol y el caos, en cuyo centro se haya la felicidad, un camino tan estrecho y peligroso como el filo de un cuchillo ¿Me acompañarás? Caminemos juntos por esta senda, el camino en que se encuentra sin buscar, se hace sin actuar, se logra sin pretender. Andemos el sendero que no tiene destino, cuya meta se descubre solo al volverte a mirar. Ahí, mi viejo compañero, habrás encontrado tus alas, aquellas que perdiste antes incluso de empezar a caminar.