jueves, 20 de junio de 2013

Pesadilla

Es de noche, en la habitación brilla la luz de una vela, se escucha el quejido de una vieja mecedora, susurra el viento del desierto. Una puerta de madera bate a final del pasillo cubierto de tierra, mientras fuera, los coyotes aúllan a una luna ausente. 

Otra luz ilumina la escena: Un fósforo destella al ser prendido. La llama ilumina un rostro arrugado, unos ojos vidriosos, una melena encanecida, una pipa desgastada. El fuego se acerca al tabaco y se apaga, pero el interior de la cazoleta se llena de ascuas que emiten un tenue resplandor con cada respiración. El humo forma figuras sinuosas que danzan por el aire, elevándose, perdiéndose en la oscuridad. Un aroma amargo llena la estancia.

Los pesados pasos de unos zapatos resuenan en la piedra desgastada. En el umbral de la habitación aparece una figura, apenas una sombra. El rostro del anciano se congestiona, mostrando una sonrisa cargada de pesar. Enciende otra cerilla, prende otra vela: ahora hay más luz, pero la entrada sigue en penumbras, el rostro del hombre trajeado sigue oculto. En el suelo hay  esparcidas varias fotografías, el desconocido pisa alguna de ellas. Mientras fuma, no mira a los ojos de su invitado, sólo observa la habitación sin ver, recordando. Su mano libre hace girar una moneda mellada sobre una mesa de madera. 

El desconocido está quieto, con los brazos cruzados, aguardando algo, quizá el final de una escena. La moneda sigue girando sobre la mesa destartalada, parece que no fuera a detenerse nunca. El viejo suspira.
La moneda comienza un lento balanceo, perdiendo la verticalidad. La ventana se abre de golpe, el viento apaga las luces; La moneda vibra sobre la mesa en tanto la pipa cae al suelo; La moneda se detiene.

La oscuridad y el frío envuelven la escena. Allí no hay nadie ya. 

lunes, 10 de junio de 2013

Vacuidad en forma de carta

Deseo volver a verte.

Una afirmación que parece sencilla y sin embargo no lo es. Porque volver a verte implicaría volver a albergar esperanza, dudar y por último, ver como todo se marchita en un ejercicio de vacuidad. Incluso puede que fuera peor, quizá verte implicara comprobar que de la pequeña ascua que albergué, no quedan ya ni siquiera rescoldos. Esa sería la muerte de la fantasía, de la minúscula vocecilla que todos los años, como si de otro aniversario se tratara,  me susurra que esto no ha sido todo.

Y si te viera ¿Qué te diría? Que lo que no ha sucedido puede llegar a marcar más que aquello que sí; que siempre me arrepentí de hablar y no actuar; que lamento cada una de las cosas que hice mal, en algún caso hasta sangrar de vergüenza; que todas las demás son  un reflejo pálido en el que busco tu figura; que ¿qué? De seguro sólo te sonreiría e intentaría hacerte pasar un buen rato, para después marcharme sin volver la vista atrás. Después esperaría, aguardaría por tiempo infinito, convencido de que no he cometido ningún error, hasta lamentarlos todos, justo, cuando ya es demasiado tarde. 

Así que seguiré aguardando, mientras la vida pasa. Mientras otras pasan por mi sin dejar huella, apenas si un eco, un charco en el suelo en que ver de nuevo tu sonrisa. Es lo que pasa cuando algo es platónico, se convierte en algo perfecto, algo que si trasladas a la realidad, de seguro se quebrará en mil cristales, mil reflejos de la misma luz. Tras unos años eres apenas un ideal que reposa en mi mente. 

Tengo miedo de llegar a olvidarte, pues estoy seguro que cuando te olvide  me habré convertido en un ser más oscuro: las primaveras me parecerán más frías, aún las tórridas; los días ya no brillaran con una luz especial, incluso los nublosos; y la rutina será mi nuevo credo, el credo de otro ser gris en un mundo anodino. Sin embargo tu recuerdo vuelve a mi todos los años, justo en estas fechas ¿No ha pasado suficiente tiempo aún? o quizá al recordar, recuerde con el corazón, olvidándome de la memoria.

De nuevo vuelve el problema: Siempre se me dio mejor escribirte que hablarte, contarte que escucharte, mirarte que observarte. Ser un ideal es ser objeto pasivo de una locura descrita con palabras hermosas. Y yo nunca quise eso para tí. Quizá me faltó valor: valor para captar tu atención; para entender lo que buscabas y dártelo; para ser yo, y no lo que los demás esperan que sea. Así pues, este no es si no otro ejercicio de vacuidad destinado a reposar en el olvido, cuando la primavera haya sido reemplazada por el verano. O quizá, de las alas rotas de esta fantasía vea surgir una manada de corceles salvajes que me arrastren a través de esta llanura resquebrajada, ahora que el mundo se ha dado la vuelta.

Quiero verte otra vez ¿Una vacuidad?¿Una locura?¿Una estupidez?
Siempre fui un soñador, siempre seré un soñador, derrochando palabras al vacío.

miércoles, 5 de junio de 2013

¿Qué necesitamos?

Oigo voces entre el humo de varios cigarros a medio fumar, son el eco de reflexiones vaciadas de contenido por el hastío. Mi mano se desliza por el cadáver de la guitarra que nunca aprendí a tocar, mientras saboreo las palabras que no voy a pronunciar. En los altavoces que tengo cerca, suena una canción triste y alegre al mismo tiempo, un sabor agridulce que degusto con los oídos en vez de la boca. Habla de la sociedad que poco a poco dejamos atrás, y que como sucede con todos los recuerdos lejanos, empezamos a preguntarnos si de verdad existió alguna vez.


Como en el último siglo, la edad dorada terminó. El conformismo de ayer nos deja a su hija bastarda: la indignación. Si ayer hubiéramos actuado, no hubiéramos llegado al punto en que hoy nos encontramos; pero nos faltó animo para entendernos entre nosotros, y valor, valor para señalar, para gritar, para luchar. Ahora, ahora gritamos, señalamos, golpeamos las paredes de un muro que ahoga nuestros gritos. Pero ya es demasiado tarde, la soga ha sido atada a nuestro cuello.


En el fondo todos sabemos lo que hacer, pero seguimos teniendo miedo. La historia tiende a repetirse con pavorosa facilidad... Los signos que preceden a una Tiranía son difíciles de equivocar, si bien en nuestra época, parece que en vez de ser sometidos a un tirano, seremos sometidos a varios, en una situación tan enrevesada, que ni sus propios actores la entienden realmente por completo.


He visto un anuncio de un banco hace poco: Hay que reiniciar el sistema. Es verdad, todos los sabemos, pero no como el teletipo comercial nos sugiere. Todas las instituciones han sucumbido al canto seductor de la podredumbre, claman por una limpieza a fondo, una que devuelva el sentido a los principios mas elementales de la democracia, de la tradición constitucional moderna. El nombre que ese proceso tiene, el que de verdad requiere, nos aterra.


Tenemos miedo y mientras lo tengamos, la correa con que nos sujetan seguirá firmemente atada. Yo soy como vosotros, por eso no pronunciaré la palabra que necesitamos oír, ni verbalizaré nada de lo que he escrito, por ello, mañana al despertarme, ya lo habré olvidado.


Se acaba la canción: El sólo de guitarra termina, la divagación también. Los cigarros se han consumido, las voces se han callado y lo que queda de mi guitarra a vuelto a su funda. Ya puedo dormir, ya puedo soñar con el despertar.