domingo, 16 de marzo de 2014

LA CIUDAD DE LOS CONDENADOS



No hay luz en esta ciudad maldita, al menos no del sol.  Sobre la cabeza de los ricos y poderosos se extiende un cielo artificial teñido de colores chillones, reflejo del Neón que recubre las altas torres. Aquí abajo, escondidos bajo la plataforma de la que nacen los rascacielos, la noche  perpetua se ve interrumpida ocasionalmente por lámparas con más de un siglo de antigüedad. Son Oasis de luz  en  los caminos llenos de cascotes que recorren las ruinas de una antigua metrópoli.
               
He olvidado ya el sonido de los veloces planeadores, el bullicio de los comercios, las voces incitantes del Barrio Rojo. Ahora,  el único sonido constante es el repiqueteo de las gotas que escapan por múltiples fugas en la gran plataforma: Nuestra lluvia. Aunque en la lejanía del cielo oscuro veo decenas de luces rojas, sé que los Drones que se mueven por el entramado de acero no son suficientes, ni trabajan lo suficientemente rápido, por lo que la lluvia jamás cesará.  Si no fuera por las viejas alcantarillas, hace tiempo que habríamos perecido ahogados por las lágrimas de este Dios ciclópeo que se yergue sobre nosotros.
                
No todos los que merodean por esta penumbra nacieron aquí, la mayoría fuimos expulsados de la gran ciudad: por no encajar, por preguntar, o tan sólo por haber agotado su cuenta. Muchos, una vez aquí abajo, no sobreviven más de una semana. Algunos se suicidan, otros enferman, los hay que son asesinados… Aunque ninguno de los expulsados lo es por crímenes violentos (esos criminales son condenados a muerte), la supervivencia en este inframundo es difícil, y la necesidad acuciante.
        
 Y qué decir de los que nacieron en este infierno…No suelen conocer a sus padres, al menos no a los dos. La supervivencia aquí abajo premia a aquellos que viajan ligero, solos a ser posible. Los niños que nacen, son fruto de violaciones o de madres abandonadas a su suerte. El mero hecho de nacer ya es un milagro, pues las madres deben evitar las patrullas automatizadas que buscan mujeres embarazadas. Supongo que alguien de arriba cree pertinente mantener nuestro número reducido.

Aunque compartamos cama con alguien, como decía, solemos ser seres solitarios que ven esos pocos encuentros como el eco de algo que buscamos, pero que hemos perdido para siempre.  Yo mismo viajé durante unos meses con una mujer, pero acabamos separándonos. La volví a ver años después en la Iglesia, pero no me reconoció. Algún salvaje le había cortado el rostro, rasgando sus pupilas. Lloré al verla, por ella, por nosotros, por todos.
                
La Iglesia es el único punto seguro en esta devastación. Es un antigua catedral, que tiene el techo perforado en varios lugares. Es el único lugar  donde no llueve. Está en el centro de una gran zona de sombra, sin tendido eléctrico. Sus moradores iluminan el edificio entero con velas que fabrican ellos mismos. Allí se dirigen los heridos más graves y los moribundos, pues saben que serán acogidos. Los miembros de la orden suelen vestir unas extrañas túnicas que los cubren por completo, así como fajas y ceñidores, lo que dificulta saber si son hombres o mujeres. No hablan jamás, y eso ha llevado a más de uno a preguntarse si no serán los fantasmas de los que han quedado atrás. El silencio y la iluminación dotan al lugar de una atmosfera sagrada, como si fuera el único rincón puro de esta tierra. Todos lo respetamos,  todos tememos acabar en ella nuestros días.
                
Fue en la Iglesia donde escuche el rumor por vez primera. Decían que en algún lugar de los muros que nos rodeaban, había un agujero perforado que dejaba entrar la luz del sol. Al principio no hice mucho caso del rumor, pero cada vez que lo escuchaba me invadía una sensación de congoja, de perdida, una profunda nostalgia. Jamás había visto la luz del sol, y sin embargo, no quería morir sin verla. Por ello me puse en marcha: Un campamento, otro; mil millas en una y otra dirección; peleas, huidas…
                
Y ahora, desde lo alto de un promontorio de cascotes, puedo verlo por fin. A mis pies una inmensa ladera conduce al muro de hormigón y acero, en él hay practicada una pequeña oquedad, a pocos metros de altura. El haz es casi paralelo al suelo, intenso, de un color rojizo: una espada de luz que hiende la oscuridad. Es en ese momento que el haz me alcanza.  Mis ojos se inundan de lágrimas, caigo de rodillas, con la mirada clavada en el cielo oscuro del que brota una lluvia mancillada. ¿Y si la luz que de verdad he buscado no es esta? Mis puños se cierran como tenazas, clavando las uñas en la carne ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene todo lo que me rodea? La luz se desvanece.

                
No hay luz en esta ciudad, si la hubiera, habría esperanza, y  los ilusos como yo, nos aferraríamos a ella.