No hay
luz en esta ciudad maldita, al menos no del sol. Sobre la cabeza de los ricos y poderosos se
extiende un cielo artificial teñido de colores chillones, reflejo del Neón que
recubre las altas torres. Aquí abajo, escondidos bajo la plataforma de la que
nacen los rascacielos, la noche perpetua
se ve interrumpida ocasionalmente por lámparas con más de un siglo de
antigüedad. Son Oasis de luz en los caminos llenos de cascotes que recorren
las ruinas de una antigua metrópoli.
He olvidado ya el sonido de los
veloces planeadores, el bullicio de los comercios, las voces incitantes del Barrio
Rojo. Ahora, el único sonido constante
es el repiqueteo de las gotas que escapan por múltiples fugas en la gran
plataforma: Nuestra lluvia. Aunque en la lejanía del cielo oscuro veo decenas
de luces rojas, sé que los Drones que se mueven por el entramado de acero no son
suficientes, ni trabajan lo suficientemente rápido, por lo que la lluvia jamás
cesará. Si no fuera por las viejas
alcantarillas, hace tiempo que habríamos perecido ahogados por las lágrimas de
este Dios ciclópeo que se yergue sobre nosotros.
No todos los que merodean por
esta penumbra nacieron aquí, la mayoría fuimos expulsados de la gran ciudad: por no encajar, por preguntar, o tan sólo por haber agotado su cuenta. Muchos, una vez aquí abajo,
no sobreviven más de una semana. Algunos se suicidan, otros enferman, los hay
que son asesinados… Aunque ninguno de los expulsados lo es por crímenes
violentos (esos criminales son condenados a muerte), la
supervivencia en este inframundo es difícil, y la necesidad acuciante.
Y qué decir de los que nacieron en este infierno…No suelen conocer a sus padres, al menos no a los dos. La supervivencia aquí abajo premia a aquellos que viajan ligero, solos a ser posible. Los niños que nacen, son fruto de violaciones o de madres abandonadas a su suerte. El mero hecho de nacer ya es un milagro, pues las madres deben evitar las patrullas automatizadas que buscan mujeres embarazadas. Supongo que alguien de arriba cree pertinente mantener nuestro número reducido.
Aunque compartamos cama con
alguien, como decía, solemos ser seres solitarios que ven esos pocos
encuentros como el eco de algo que buscamos, pero que hemos perdido para
siempre. Yo mismo viajé durante unos
meses con una mujer, pero acabamos separándonos. La volví a ver años después en
la Iglesia, pero no me reconoció. Algún salvaje le había cortado el rostro, rasgando sus pupilas. Lloré al verla, por ella, por nosotros, por todos.
La Iglesia es el único punto
seguro en esta devastación. Es un antigua catedral, que tiene el techo
perforado en varios lugares. Es el único lugar donde no llueve. Está en el centro de una gran
zona de sombra, sin tendido eléctrico. Sus moradores iluminan el edificio
entero con velas que fabrican ellos mismos. Allí se dirigen los heridos más
graves y los moribundos, pues saben que serán acogidos. Los miembros de la
orden suelen vestir unas extrañas túnicas que los cubren por completo, así como
fajas y ceñidores, lo que dificulta saber si son hombres o mujeres. No hablan
jamás, y eso ha llevado a más de uno a preguntarse si no serán los fantasmas de
los que han quedado atrás. El silencio y la iluminación dotan al lugar de una
atmosfera sagrada, como si fuera el único rincón puro de esta tierra. Todos lo
respetamos, todos tememos acabar en ella
nuestros días.
Fue en la Iglesia donde escuche
el rumor por vez primera. Decían que en algún lugar de los muros que nos
rodeaban, había un agujero perforado que dejaba entrar la luz del sol. Al
principio no hice mucho caso del rumor, pero cada vez que lo escuchaba me
invadía una sensación de congoja, de perdida, una profunda nostalgia. Jamás
había visto la luz del sol, y sin embargo, no quería morir sin verla. Por ello
me puse en marcha: Un campamento, otro; mil millas en una y otra dirección; peleas,
huidas…
Y ahora, desde lo alto de un
promontorio de cascotes, puedo verlo por fin. A mis pies una inmensa ladera
conduce al muro de hormigón y acero, en él hay practicada una pequeña oquedad,
a pocos metros de altura. El haz es casi paralelo al suelo, intenso, de un
color rojizo: una espada de luz que hiende la oscuridad. Es en ese momento que
el haz me alcanza. Mis ojos se inundan
de lágrimas, caigo de rodillas, con la mirada clavada en el cielo oscuro del
que brota una lluvia mancillada. ¿Y si la luz que de verdad he buscado no es
esta? Mis puños se cierran como tenazas, clavando las uñas en la carne ¿Por
qué? ¿Qué sentido tiene todo lo que me rodea? La luz se desvanece.
No hay luz en esta ciudad, si la
hubiera, habría esperanza, y los ilusos
como yo, nos aferraríamos a ella.