jueves, 14 de febrero de 2013

A veces


A veces me pierdo en la distancia que mis recuerdos parecen adoptar. Dicen que no se puede vivir en el pasado, y yo, no puedo estar más de acuerdo.  Yo soy más de perderme en sueños, en ligeras imaginaciones con aroma a brisa de primavera.  

En ocasiones me descubro enlazando frases al azar, escuchando en su eco el ruido de la pretenciosidad vacía de contenido. Suelo desecharlas rápido, pues al contrario de lo que le sucede a otros, no tengo, o más bien no quiero tener,  elucubraciones gloriosas: Imágenes ficticias de lo que puedo llegar a ser, de lo que puedo llegar a tener, de gloria o fama. 

Muy raramente pienso en mi mismo como un viajero forastero,  un emigrante cuya tierra natal quedó destruida. En esos momentos comprendo que apenas soy un aprendiz de la vida, de la naturaleza y del hombre. Por cada respuesta que creo tener, se plantean veinte preguntas. Siento que no encajo en el esquema de las cosas, mejor dicho, siento que nada encaja, como si el mundo entero fuera un complicado puzle, y sus piezas, hubieran sido encajadas a la fuerza entre sí. Ah, pero esto me llevará las frases pretenciosas… a hablar de la naturaleza y la tecnología, de vender el alma  al progreso o a quizá, achacarle todo el problema a una naturaleza intrínseca del hombre, puede que algo aún más pomposo. Esos discursitos que a veces se me escapan, como a todos supongo, en momentos de especial ofuscación.

Son pocos los momentos en que no siento que todo es tremendamente complicado. No se trata de que no entienda las situaciones, si bien es cierto que algunas, probablemente muchas, se escapan a mi comprensión. Pero no es ese el problema. El problema reside en el  qué hacer para conjugar los diferentes intereses que existen. Si miro arriba, veo una casta agotada, hipócrita y embustera, que mantiene las formas de una puta decimonónica enferma de sífilis. El sistema está corrupto, tan corrupto como cabe de esperar de un proyecto que jamás abandonó los fondos de un régimen que nada tiene que ver con la democracia. “Restos de una oligarquía de otro tiempo”, como dice Jose Luis San Pedro. Si miro a los lados veo una capa social menguante, convulsa, que se debate entre la llamada a la lucha social, y la sensación de derrota anticipada. Pero lo peor viene al mirar abajo, donde la lucha por la supervivencia ahoga a los que allí se encuentran, con las consecuencias que se pueden deducir en todos los sentidos, incluidas las del clásico Viridiana. Como decía, son pocos los momentos en que no me siento pequeño, encogido ante los gigantes que manejan nuestro día a día. Hablo de intereses, pero en realidad quiero decir el interés de la sociedad frente al de la casta política, y el de estos frente a los que están por encima de ellos. Del sistema financiero mejor no hablar, dado que han fabricado una simbiosis con la casta política y el alto empresariado, de tal suerte que en este país, en lugar de valorarse las ideas o el esfuerzo, se valora el hacer dinero a costa de otros, recurriendo a medidas si no ilegítimas, si de muy dudosa moralidad. 

Ocasionalmente cierro los ojos y, como decía, dejo que la primavera me traiga ensoñaciones de un futuro mejor: Nosotros David y ellos Goliath; El viejo cuento del ladrón que prometió hacer cantar al caballo del rey; Los sueños de libertad que se han fraguado a lo largo de tantos sangrientos episodios de nuestra historia… Ante la injusticia, ante la difamación de los que no tienen, por parte de los que nada saben de sus privaciones; ante la presunción de estupidez general.

A veces, pero sólo a veces, siento que entre todos, podemos hacer cambiar, si no el mundo, quizá nuestro pequeño país. Luego el día a día me absorbe. Y siempre, siempre, acabo pensando que mientras podamos soñar, la esperanza no estará del todo perdida.