sábado, 24 de enero de 2015

La persepectiva de un Adios.

Con el hastío del que no tiene nada ya que decir, me dispongo a manchar esta pagina. Será un nuevo borrón con pretensión de pintura, digno de un buen charlatán, pedante y algo engolado. De seguro hablaré de máximos, a saber: La vida, el bien, el mal, ganar, perder... Una suerte de monólogo, propio del que se agradece a sí mismo, encantado de escucharse, con la locura rondando su dialogo interior, agazapada en la periferia de su razón.

¿Cómo empezar? Creo que hablaré de la perspectiva.

Dijo el sabio: "Tu no ves lo que eres, tan sólo su sombra". Es una verdad difícil de digerir, tanto, que la mayoría ni se molesta en intentarlo; y los que sí, la usan para criticar a otros, sin ver la ironía tras su actitud.
Se abre la veda y la lengua dispara rauda, sin apuntar, sin pensar. Las palabras hieren las emociones, que caen de su vuelo frágil, como trofeo digno del cazador que ni siquiera pretendía cobrarse una pieza.

Luego llega la duda ¿Por qué no lo ve como yo lo veo?¿Por qué no me da la razón? ¿Por qué hace esto si pudo hacer aquello otro? ¿Por qué se queja?¿Por qué me dice esto? Porque no siempre tienes razón, porque tu sólo ves una parte del todo, porque quizá tú disparaste primero.

Pero todo esto ya se ha dicho, así que de nuevo volvemos al hastío. Al ciclo que parece repetirse una y otra vez, hasta que la relación se rompe, como un nudo que se deshace y deja sus cabos flotando al viento. Anticipo lo que ha de acontecer, y su expectativa no me deja un regusto agradable, más nada queda ya de mi en esta cáscara. Dejémonos flotar en el aire frío de este invierno que hace arder mi corazón, mientras todo lo que queda de mí se consume en el pasado, para resurgir a través de las aguas heladas de este amanecer preñado de escarcha.