Caballos salvajes galopando por
una llanura resquebrajada, desolada, en mitad de una tormenta aterradora,
lanzados hacia el horizonte, encabritados, enloquecidos.
¿Sabes Hank? Sigue habiendo
caballos de ojos hermosos. Pero portan viseras que sólo les permiten ver los
surcos por los que avanzan. Al final, se consumirán en el horizonte, donde
todos los senderos terminan. En tanto,
el látigo los sigue azuzando:
-Seguid,
confiad, no preguntéis.
Sin embargo, de cuando en cuando,
alguno se pregunta:
-¿Por
qué no ir más allá? ¿Por qué seguir este rumbo fijo?
La respuesta restalla en forma de
latigazo, de dominación, de rechazo. El animal es apartado para que no contagie
a la masa con sus ideas.
¡OH HANK! Sigue habiendo hombres
de ojos hermosos, fieros e indómitos. Pero el látigo los castiga, mientras las
manos que empuñan este cruel cuero sonríen, fuman puros, conducen coches caros
y visten trajes oscuros. Son usureros que juegan con la vida de las personas,
gota a gota, esperanza a esperanza, sueño a sueño.
Y el poeta? El poeta ya sólo observa impotente.
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