Bate
el viento al filo de un acantilado.
Siento
el vertigo, cómo si la distancia que me separa del suelo saliera a
mi encuentro. Hay un gran farallón frente a mi, erguido en mitad de
la playa que barro con mis ojos. Se alza majestuoso sobre la arena
que lame el mar, como si se tratara de un dedo que apuntase al cielo,
incriminándolo.
He
incumplido las promesas hechas al calor de recuerdos agonizantes; he
roto mis votos más sagrados, aquellos que me sostenían; me he
acercado con cada paso al abismo más profundo; he rezado a Dios,
pero no he sabido interpretar sus respuestas... mientras todo esto
sucedía, yo, calado, aterido de frío, alzaba la mirada al cielo
oscuro. Hasta que llegué al final de la tierra.
He
hallado un lugar que antes había imaginado, que acude a mi desde
palabras escritas antaño... he vuelto a ver el mar, más ahora se me
antoja los ojos de una mujer: hermosos, cautivadores, reposo de
incontables secretos... tumba de incautos. Mil veces he soñado con
ella, más nunca la he encontrado, y no es sino al borde del agua,
que descubro de quién me había enamorado.
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