viernes, 21 de noviembre de 2014

Una imagen, una historia.

Es este sentimiento tan fuerte que estrangula las palabras. Tamborilean mis dedos impacientes sobre el teclado, deseando iniciar una danza frenética, más no saben cómo empezar, no saben con que primera palabra echar a volar. Hablarán de la soledad esta vez, de esa extraña enredadera llamada desesperanza, que se alza a menudo desde la boca del estomago hasta llegar a la garganta, donde asfixia incluso el llanto.

No ven los ojos que es una ilusión, porque si destapan la teatralidad que encierran todas estas emociones, corren el riesgo de ir demasiado lejos, mostrando que todo el conjunto, a la luz de lo finito, es una vacuidad. Aceptemos por lo tanto, la venda en los ojos que nos permitirá seguir con nuestro día a día.

Más quién no ha caminado por estos páramos, llenos de arboles secos y arcilla resquebrajada, a la espera de algo de lluvia, de contacto humano más allá de la artificiosidad; Pues no hay arcilla hoy pero si asfalto, y quizá no árboles pero si personas. Pon tu mejor sonrisa amigo, será la capucha que te proteja de las tormentas de arena que están por venir en este desolado paraje.

De tanto en tanto, como en todo desierto, se encuentran oasis. Si eres un viajero inteligente intentarás no expoliarlos, para poder volver a ellos de tanto en tanto. La amistad es un regalo extraño que se pierde con facilidad, y el amor... el amor es un agua que se debe beber trago a trago, despacio, rezando por que la charca de donde la extraes no se agote nunca.

Y mientras, en este camino salpicado de paisajes oscuros, arenas movedizas y dunas interminables, qué mejor ayuda que un buen cayado en el que apoyarse para superar cada cima...  el mío será la rabia. Rabia ante la impasibilidad de este mundo que se ahoga, ante la impotencia, ante la inquina, ante la ceguera que es mía también, pues no quiero ver. Pero cuidado, porque la rabia aun siendo un  aliado poderoso, como el fuego, se desboca con facilidad. Si no quieres ver arder los pocos lugares de descanso que te quedan, úsala con prudencia, aprende a domarla, como el corcel brioso que es.

Sea esta la imagen con la que los dedos se detengan, saciados por esta noche: Un nómada montado en un corcel  de ojos rojos, galopando por un desierto de arena y roca, con la tormenta de arena siempre a su espalda.






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