Por fin he aprendido a esconder las palabras en la jaula de hueso que es mi pecho, y aunque mis hechos aún son bastos y evidentes, poco a poco voy domando el fuego que caldea al ave que habita esa prisión. Su canto es ahogado por mis costillas, su vuelo cortado por mi boca, que permanece sellada para sólo dejar salir una amalgama de palabras sin sentido, apenas un ejercicio de ventriloquia.
Mírame a los ojos y aún verás el reflejo del ascua que se ahoga, que poco a poco va convirtiéndome en otro ser vacío de los que habitan este baldío. Y aunque el sol sale todas la mañanas, ya no tiene a quién iluminar, pues nadie se detiene a observar... a amar la belleza por el mero hecho de existir, por un recuerdo que revivir, por una imagen que con el tiempo se ha de extinguir.
Míralo revoloteando, con su vuelo mi garganta tentando, negando lo que he estado afirmando. Digo que ya lo tengo enjaulado y él se niega a ser controlado, atado o silenciado. Es una llama que no se quiere apagar, a pesar de que yo no la quiero escuchar, de que la mando callar, de que con mis manos la trato de apresar, de que sólo quiero olvidar, dejar esa parte de mi marchar.
No mires más, da un paso atrás. Déjame que la vuelva a esconder, en ese lugar que no debes conocer, donde la mente domina al verbo pero sucumbe a la emoción; donde se esconde el acervo, la visión dormida de una generación embebida de información, impasible ante su propia perdición. Será de nuevo mi alma amordazada, de nuevo por la madeja atada, con mano firme controlada. Cierro los ojos y aprieto los dientes. Ves? ya no lo sientes, ese aleteo ha cesado, poco a poco.
De nuevo el azul glacial ocupa mis ojos, el sonido monocorde retorna a mi garganta y la conversación, sea o no banal, puede continuar, mientras camino por el mero hecho de hacerlo, pues de esta senda nada quedará para el recuerdo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario