Qué libres son las palabras que no encuentran destinatario. No son juzgadas, salvo por el que las pensó, las dijo, o las escribió.
Dicen que la mejor palabra es la que queda por decir. Esto no es más que el reflejo de la mentalidad de esos hombres de antaño, que no necesitaban un reconocimiento por aquello que hacían. Aquellos hombres rudos sabían que en ocasiones, un silencio oportuno podía salvar más situaciones que el mejor de los discursos.
Es esta una dura lección para aquellos que como yo, sufren una verborrea, una necesidad de expresar con palabras aquello que ya dicen sus actos. Cómo quisiera parecerme a esos hombres duros, de mirada decidida, que con miradas francas eran capaces de calar el alma de cualquiera. Pero son seres que pueblan los parajes de una mitología propia de la infancia.
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