Desde
mi pequeña embarcación, aferradas las jarcias con fuerza, siento el viento
sobre mi cuerpo mojado, cubierto por la sal que la última gran ola dejó tras de
sí. Negras nubes cubren un horizonte teñido de violeta por las sacudidas de una
tormenta lejana. En mi interior no dejo
de sorprenderme ante la obstinación con que nos mantenemos a flote. Mientras me pregunto por la futilidad de
tamaño esfuerzo, ella, mi compañera, se encarama a la roda, prendiendo sus ojos
felinos en la siguiente ola, que es aún más alta, más amenazadora. Ruge con
fuerza, con obstinación, con la firmeza que nace de una rabia profunda y densa
. El golpe es más fuerte que el anterior, toda la cubierta es engullida por un
abrazo turquesa. Pero el barco no se hunde, y ante mi estupefacción, ella sigue
en pie, con el pelaje mojado, pero la mirada fija en un punto que no alcanzo a
discernir. Ella ve algo que yo no puedo.
Es
su gruñido hosco el que me hace levantarme, cuando ya había hincado una rodilla
en el suelo. Es su mirada fiera la que me empuja a tirar de los cabos y
extender la vela en mitad de esta tormenta. Es su rabia la que apaga mi miedo, mi
tristeza, mi autocompasión. Ella es el fuego que caldea el vacío, las tinieblas
que moran en mi interior. Pero nadie lo entiende: me miran y no ven el mar; me
observan y no ven la tormenta; me escuchan y no oyen el rugido del mar
embravecido. Pero sobre todo, ni ven, ni
escuchan a mi compañera.
¿Quién es?
te preguntarás… Yo te responderé: Hay un tigre deambulando por mi interior, rugiendo
furioso, estremeciendo mi cuerpo. Su valor es mi fuerza, su instinto mi temor ¿Ahora
lo ves? Obsérvalo bien, es mi alma la que viste su piel.
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